jueves, 29 de julio de 2010

El mostro no se deja asesinar

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Althusser tenía la sensación de que la humanidad iba a entrar en una crisis moral y política sin precedentes. Pensaba en la catástrofe total. Su miedo iba en aumento. Su relación con Hèléne fue siempre absoluta, y así la definía. Habían abandonado toda aspiración al honor académico o mundano. Creían que la humanidad iba a entrar en una fase definitiva de destrucción. Y la crisis estallaría en Moscú y en Roma. Althusser fue a Roma para entrevistarse con Juan Pablo II. Deseaba comunicarle sus presentimientos.



Al principio de noviembre del 1980. Althusser abandonó su cátedra en la ENS, aunque conservó la vivienda que ahí tenía. Su voz, dicen sus amigos, era ya cavernosa y profética. Escribe “La realidad es terrorífica. No puedo leer ni escribir. Hay una brizna de esperanza, pero tan pequeña que resulta casi insustancial”. El monstruo que había estado consumiéndole durante toda la vida empezaba a adueñarse de su pensamiento. No dejaba de llamar. Depresivo, compulsivo, misógino.



Dicen que su despacho estaba lleno de libros, de papeles. Parecía el lugar de trabajo de un activo intelectual. Mas, si se fijaba bien la vista, se veía cómo aquellos papeles y aquellos libros acumulan el polvo de muchos años de inactividad mental. Triste, el filósofo lucha contra su otro ser interior.



Cuando le venía una idea era como una deflagración sorda, sin eco. No se plasmaba ya su pensamiento: errático, vagaba por los pasillos esperando una palabra. Suplicando compañía, pero incapaz de hablar. Althusser se muestra parco, lejano. Cabecea, hace muecas. Se encoge en el sillón.



Poco habituado a los demás, su mirada no mira: escruta al otro, calculando la distancia que le separa de él, decidiendo que es imposible alcanzarlo. Se sabe solo con su desgracia y su enfermedad.



Todos sabían de su notable inestabilidad anímica y de sus frecuentes caídas en los estados más hondos de la angustia. Había sido internado muchas veces: más de 20, desde 1947. Tras el crimen, fue internado en el hospital Sainte-Anne de París durante seis años. El juez le declaró demente. Había sido cautivo de los nazis en la juventud. Estaba diagnosticado: era maníaco-depresivo. A quienes le interrogaban decía. “Vengo de asesinar a mi esposa”. Puso una sábana entre la cara de Hélène y sus manos. Y rompió el cuello. Luego, deseó incendiar la Escuela.



Con frecuencia, la personalidad del homicida hace olvidar a la víctima.



Socióloga, Hélène fue militante del Partido Comunista Francés y de la CGT y al final de sus días colaboraba con su marido en sus trabajos teóricos. Convivió con Althusser desde 1945 ó 1946. Y tenía un carácter violento y absorbente.



El crimen de la mujer es la historia del asesino, nunca de la asesinada. La mujer asesinada desaparece. Es muerta dos veces, por el agresor y por la sociedad que la secuestra de su ser vivo y la vuelve el objeto del asesino, único ser que será objeto de interés.

¿Y por qué la mujer es la víctima? No era a Yocasta a quien iba a asesinar Edipo. Althusser asesina a Hélène. ¿Qué significa? ¿Cómo se genera el monstruo?



La madre de Althusser había estado profundamente enamorada de un hombre: Louis Althusser. Pero este Louis no fue el padre del nuestro, sino su tío. El amado de la madre, el nunca olvidado, murió. La madre se casó después de esto con el hermano: el padre del filósofo. Y al nacer el hijo, la madre hace renacer al enamorado y le pone su nombre. El nombre del muerto amado. Así, el filósofo lleva en su nombre un sino, un mandato: será el reencarnado amor de Yocasta (aquí Lucienne). El monstruo nace con el nombre. Althusser escribe, más adelante: “Ante este doloroso horror, yo debía sentir sin cesar una inmensa angustia sin fondo, así como la compulsión de dedicarme en cuerpo y alma a ella, de ofrecerme sacrificadamente a socorrerla para salvarme de una culpabilidad que era anterior a mí y a mi nacimiento y salvarla a ella de su marido y su martirio, restableciendo la relación del amado con la amada, más allá de su muerte, a través de mi nacimiento y mi madurez. Tuve la convicción de que ésa era inextricablemente mi razón suprema, mi suprema razón de vivir”. Yocasta (o Lucienne), nunca permitió a su Louis relacionarse con otros niños, lo mantenía encerrado en casa y no le permitía ensuciarse. Le secuestró para no perderle. Y él consintió, dejando su identidad propia en un cajón, en un ataúd, y vivió mucho tiempo apropiándose de la identidad del otro. Su secuestro infantil le hizo cada vez más consciente de que no podría superar al muerto en los ensueños maternales. Nunca los llenaría. El monstruo comenzó a crecer con el secuestro de la personalidad del niño. “Al no tener existencia propia dudaba de mí, hasta el punto de creerme invisible, insensible, sintiéndome incapaz de mantener relaciones afectivas con nadie, me veía reducido a intentar artificios de seducción y de impostura. No podía amar.”



Cada vez que sus padres discutían, el padre se levantaba y desaparecía por unas horas o por unos días. Entonces le decía al niño “¡Hazla feliz!”



Así, la mujer prepara al monstruo para que el monstruo mate a la mujer.

Es víctima, pero también ejecutora a través de las manos del hombre que ha creado, del monstruo que ha inficionado en él. En el hijo, en el marido. ¿Es la víctima, verdugo? No sé la respuesta. Mi hipótesis no excluye la culpa de Yocasta (Lucienne), en el crimen de Hélène.

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2 comentarios:

Cornelivs dijo...

Bienvenido a bordo, amigo. Gracias por tu amabilidad.

Un cordial saludo!

Lety Ricardez dijo...

Terrible historia, además excelentemente narrada.
Sobrecoge el pensar lo que somos capaces de crear o infundir no sólo en el hijo, también en el entorno.

Mil gracias por tu amabilidad en anotarte. Quise hacer lo mismo más no encontré el espacio.

Te dejo mi saludo cordial